Un test diagnóstico de base y cinco prácticas predictivas. Todos parten de la misma premisa: el error humano tiene mecanismos identificables, y lo que se identifica se puede anticipar.
Brain Safety combina neurociencia, economía del comportamiento y seguridad industrial para explicar por qué un trabajador competente y entrenado igual toma un atajo.
Cada instrumento aísla un tramo distinto de esa cadena. El diagnóstico base establece la probabilidad individual de conducta insegura. Las cinco prácticas predictivas intervienen después sobre los factores concretos que la disparan: la percepción del riesgo del propio trabajador, la influencia del líder sobre las decisiones del equipo, el estado emocional que se traduce en conducta, los sesgos cognitivos que aceleran el error y la observación entre compañeros.
Todos comparten el mismo motor de puntuación, así que los resultados son comparables entre instrumentos, entre áreas y a lo largo del tiempo.
Me cuesta organizar y mantener mis cosas en orden cuando me lo solicitan.
El trabajador indica qué tan de acuerdo está con cada afirmación: 1 es completamente en desacuerdo y 5 es completamente de acuerdo. Pruébalo en el ejemplo de la izquierda.
Los ítems no se suman en crudo. Cada uno pertenece a un dominio, tiene un peso, y algunos están redactados en sentido inverso para detectar respuestas automáticas. El motor normaliza todo a una escala de 0 a 100 y ubica el resultado en el rango configurado para ese instrumento.
No todo se le aplica a todo el mundo. El nivel autorizado define quién responde qué, y evita pedirle a un operario que evalúe liderazgo o a un gerente que se autoevalúe antes del turno.
Mide la probabilidad individual de que un trabajador se comporte de manera segura o insegura.
Es el punto de partida de todo el modelo. Identifica las conductas que originan actos inseguros antes de que se conviertan en un accidente, y produce el mapa de colores que señala qué áreas y qué puestos concentran el riesgo. Sirve en tres momentos: como complemento del examen médico de ingreso para leer el perfil de riesgo de un candidato, como diagnóstico preventivo periódico sobre la plantilla operativa y administrativa, y como base para focalizar intervenciones donde de verdad hacen falta.
El trabajador evalúa su propia percepción del riesgo antes de empezar la tarea.
No lo evalúa un supervisor: lo hace él mismo, en confidencialidad. La idea es que tome conciencia de cuál es su modo cerebral activo en ese momento —si viene acelerado, distraído, presionado o descansado— y decida con propósito en vez de arrancar en piloto automático. Es la práctica más frecuente del modelo porque se aplica en el momento exacto donde el error todavía se puede evitar.
Mide cuánto influye el líder en el cerebro y las decisiones de su equipo.
Un jefe que presiona por producción reconfigura el criterio de riesgo de toda su gente sin decir una palabra sobre seguridad. Este instrumento evalúa esa influencia desde el neuroliderazgo y la convierte en dato: qué tanto el estilo de mando está empujando al equipo hacia el atajo o hacia el procedimiento. Es la herramienta que apunta hacia arriba en el organigrama, hacia la meta de Cero Daño.
Inteligencia conversacional en campo para transformar conductas de riesgo.
Es el instrumento más humano del banco y el único que se aplica hablando. Parte de comprender el pensamiento, las emociones y el comportamiento del trabajador en profundidad, en lugar de limitarse a corregir el acto inseguro que se ve desde afuera. La conversación estructurada se convierte en el vehículo de la intervención y, con el tiempo, en el material con el que se construye la cultura organizacional.
La anatomía completa del error: cómo nace, qué lo acelera y qué lo neutraliza.
Es el instrumento más analítico del banco. Descompone el error humano en cinco dominios de doce preguntas cada uno y los recorre en secuencia: primero el error en sí, después los elementos del entorno que lo aceleran, luego los sesgos cognitivos que lo activan, en seguida los hábitos seguros que lo contrarrestan y, por último, los empujones del entorno —los nudges— diseñados para mitigarlo sin depender de la voluntad del trabajador.
Observación entre pares y cuidado mutuo, dentro y fuera del trabajo.
Cambia el sujeto de la evaluación: aquí el trabajador no se mira a sí mismo, mira a su compañero. Detecta señales de riesgo en el otro, en el área de trabajo y también en entornos externos como la vía pública o la casa, porque el hábito seguro no se enciende al cruzar la portería. Lo que convierte esto en cultura y no en delación es que la intervención se hace con respeto y compromiso, no con reporte.
Cualquiera de los seis instrumentos desemboca en el mismo circuito: puntaje por dominio, nivel de riesgo y respuesta definida para ese nivel.
Control rutinario. El resultado se archiva en el historial del trabajador y alimenta el comparativo del área.
Refuerzo dirigido sobre los dominios críticos, con seguimiento obligatorio en la siguiente campaña del grupo.
Intervención inmediata. Se abre acción con responsable, fecha compromiso y evidencia de cierre.
Veinte minutos por trabajador y tienes el primer mapa de dónde está concentrado el riesgo humano.